Frente Negro
Asiduo
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- 16 Mar 2004
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La pesadilla del hombre-araña
... y van dos
Este año me la han vuelto a clavar... y doblada. El estío del año pasado fue la “uno” y, hace unos días, la “dos”. Sí, lo confieso públicamente: he ido a ver “Spider-man”. Me desagradaría mucho que lo asociaran a una suerte de ramalazo masoquista del que estas líneas escribe. No hay tal. Se trata, por el contrario, de un acto de profundo amor hacia un hijo de tan sólo siete años que, incapaz de sustraerse al vómito mediático que supone la desmesurada campaña de publicidad asociada al film de marras, ha tenido a bien darme la tabarra y no finalizarla hasta conseguir su propósito.
Hay que tratar de comprendo: chicles, cromos, bebidas refrescantes, camisetas, muñequitos de plástico, chanclas playeras, y todo tipo de artilugios, sin descartar, por supuesto, la mayor: el machacón y anestesiante run-rún de la caja imbécil... Ni el más pintado puede zafarse indemne de la cosa así como así, por muy recóndito sea el sitio donde uno se halle estas semanas y por muy hercúlea que sea nuestra sensibilidad se seres libres.
No soy crítico de cine. Mi relación con el séptimo arte se limita al instinto. O me gusta o lo ignoro o lo aborrezco. Y la serie “Spider-man”, para este mortal que han de comerse un día los gusanos —si es que antes no me achicharran, para abaratar costes—, es una de las mayores majaderías que he podido contemplar desde las butacas del cinematógrafo. No voy ha decir que no veré nada igual —porque con esto de la globalización nadie puede asegurar que “de este agua no beberé o este cura no es mi padre”—, pero realmente con esta segunda entrega del arácnido con gafas y pretensiones —enésima criaturita de la Marvel— lo han puesto muy, pero que muy, difícil.
El protagonista tiene —sin rodeos— cara de lerdo. Vulgo: gilipollas. Mas no nos engañemos: al caballerete que hace de torpe pizzero, universitario a ratos y “héroe” noctámbulo sólo le ha gastado una putada el fenotipo. Aunque en cuestiones de interpretación “Los Gabitos” le dan sopas con onda, el chico se embolsó —¡agárrense!— la friolera de 13 millones de dólares por la primera entrega y, según me he podido informar a través de la red, le han regalado 17 millones por la segunda. Sea como fuere, lo cierto es que hasta cuando trata de ponerse serio, parece que se nos va a arrancar con un chiste de leperos. Menos mal que, en determinadas fases de la película —o así—, cuando se viste con el esquijama rojiazul y entran en acción los informáticos, nos ahorramos unas buenas dosis de vergüenza ajena.
La novia de Peter Parker, la tal Mary Jane, a la que, para colmo, pretende colársenos como prototipo de la belleza del nuevo milenio, según se desprende de la lectura de determinados couchés de fin de semana, no le va a la zaga. Ya sé que es políticamente incorrecto decir que tiene —mal que les pese a sus fans— pinta de irlandesa cajera de hipermercado de carretera..., pero es así, aunque a renglón seguido pida mil perdones —¡faltaría más!— a todas las irlandesas cajeras de hipermercado de carretera.
Como quiera que los protagonistas a duras penas sobrepasan el encefalograma plano —el accidentadísimo, intermitente, confuso y presuntamente tierno amor que los dos tórtolos se profesan, convierten inevitablemente a Corín Tellado en una gigante de la literatura de todos los tiempos—, los secundarios hay momentos que hasta perecen actores profesionales.
Las historias —historietas— que se entrecruzan no hay por dónde asirlas. La principal, la del científico con nombre y apellido alemanes —sabido es que para Hollywood los científicos susceptibles de volverse majaras tienen un ramalazo germano, de la misma manera que todos los traficantes son colombianos y se apellidan Martínez— que se agencia cuatro brazos articulados no se sabe muy bien para qué, es de órdago a la grande. Aún así, el doctor Otto Octavius es el único personaje que dice una frase medianamente coherente en toda la película: “la inteligencia es un don, no un privilegio, y hay que utilizarla para hacer el bien”. Cuando la oí —se lo juro— no dejé de acordarme en “los tres de las Azores” y en tantos y tantos benefactores de la humanidad que, por razones que no alcanzo a comprender, todavía no comparten rancho con Slobo Milosevic.
El tal Otto pretende, en un primer momento, vendernos la moto de que, cual postmoderno alquimista, su aparatejo de fusión nuclear generará ingentes cantidades de energía superbarata y renovable en el espacio aproximado de nuestro salón-comedor para solaz de “ecolos” y “alternativos”. ¡La leche, oigan! Pero, ¡ay!, al poco, Otto muta a “malo” porque el experimento falla cual escopeta de feria y, de rebote, su señora esposa palma. Y adiós con las ilusiones de “ecolos” y “alternativos”. Ha sonado la hora de las barrabasadas de Otto. Felizmente, hacia el final del largometraje, gracias a una profunda plática con el propio Parker —cuando ya todo se ha ido al carajo—, Otto se nos humaniza y redime, no como el rapero Eminem fichando por Nike, sino suicidándose bajo las aguas con la bola incandescente, salvando así a los neoyorquinos de una catástrofe segurísima [1].
Los otros secundarios son el director del periódico —con una pizca de gracia—, la abuela —melancólica, generosa, embargada por su banco... prescindible— y el amigo de Parker, un niñato pijo con mucha pasta, mecenas de Otto, y al que el propio Otto acaba arruinando. Para los que no vieron la primera entrega, el amigo de Parker es el inexpresivo hijo de “El duende verde”, y al que el o los guionistas de esta segunda entrega han tenido a bien amasárnoslo como enemigo del hombre-araña para la “tres”.
Pero lo peor de todo, no es el bodrio en sí, sino que encima esta segunda entrega pretenda moralizar subliminalmente. Y ya se sabe que cuando los yanquis moralizan lo que en realidad hacen es vendernos su indigesto gazpacho americanocéntrico: neoliberalismo, capitalismo, bipartidismo, religión de los derechos humanos, utilitarismo, etc., etc. En esta ocasión, el o los guionistas nos sorprenden, además, con una teoría —melonada sería el término adecuado— del héroe para consumo, en un principio, de la sociedad multirracial neoyorquina, currante, que tiene que tomar el metro como medio de transporte cotidiano y tal y tal, pero que, como estamos como estamos, no deja de ser exportable al resto de la ciudad y al mundo.
La escenita en la que a Parker le zurra la badana el tal Otto en el metro desbocado, y los héroes anónimos a los que, de repente, les da el puntazo y se colocan delante de Spider-man-Peter-Parker-Tío-Sam para protegerlo —¡todos somos héroes!—, es tan alucinante como patética... Sobre todo cuando uno, en los telediarios, ve las caritas de acojono que ponen los marines —¡Señor, sí señor...!— cuando los trincan esos otros desarreglados mentales que, en nombre de Alá, tratan de rivalizar en carnicerías con los discípulos de John Smith.
Señoras y señores: ha vuelto el héroe como vuelve el hombre en los anuncios de colonia barata. Macarra, metrosexual, transgénico, o tontoelculo... eso poco importa. El Hollywood alineado y republicano, convertido en vocero oficioso del Pentágono, quiere que consumamos héroes. El mundo libre necesita, ¡qué puñetas!, rearmarse. Antesdeayer contra la bestia parda, ayer contra los soviets y hogaño contra lo que nos echen. Incluso pretende —nada más y nada menos— que, en este momento de gravísimas amenazas para Occidente, ejerzamos no tanto como desactivadores de bombas, carceleros de Camp Bucca o aviadores que se entregan a videojuegos con sangre de verdad, sino como potenciales chivatos y, si se presta, como carnaza para mayor gloria del cortijo de las barras y las estrellas.
Mas no todo fue digno de lamento:
Primero. No nos llovió y los mosquitos no se cebaron con nosotros —el cine era de verano—.
Segundo. Como quiera que se trataba de la sesión de las 22.30 horas, el niño acabó la última media hora en los brazos de Morfeo.
Tercero. Al día siguiente, sin perder más tiempo, me encaré con A paso de cangrejo, de Günther Grass, lectura que tenía pendiente desde Navidades... Fue el primer antídoto que encontré a mano.
Nota
[1] El o los guionistas literalmente la cagan cuando hunden la bola de energía generada por Otto en “el fondo del río” (sic.). De hecho, no sé por qué, me recordó a lo del “Prestige”.
Juan C. García
19.VIII.2004
... y van dos
Este año me la han vuelto a clavar... y doblada. El estío del año pasado fue la “uno” y, hace unos días, la “dos”. Sí, lo confieso públicamente: he ido a ver “Spider-man”. Me desagradaría mucho que lo asociaran a una suerte de ramalazo masoquista del que estas líneas escribe. No hay tal. Se trata, por el contrario, de un acto de profundo amor hacia un hijo de tan sólo siete años que, incapaz de sustraerse al vómito mediático que supone la desmesurada campaña de publicidad asociada al film de marras, ha tenido a bien darme la tabarra y no finalizarla hasta conseguir su propósito.
Hay que tratar de comprendo: chicles, cromos, bebidas refrescantes, camisetas, muñequitos de plástico, chanclas playeras, y todo tipo de artilugios, sin descartar, por supuesto, la mayor: el machacón y anestesiante run-rún de la caja imbécil... Ni el más pintado puede zafarse indemne de la cosa así como así, por muy recóndito sea el sitio donde uno se halle estas semanas y por muy hercúlea que sea nuestra sensibilidad se seres libres.
No soy crítico de cine. Mi relación con el séptimo arte se limita al instinto. O me gusta o lo ignoro o lo aborrezco. Y la serie “Spider-man”, para este mortal que han de comerse un día los gusanos —si es que antes no me achicharran, para abaratar costes—, es una de las mayores majaderías que he podido contemplar desde las butacas del cinematógrafo. No voy ha decir que no veré nada igual —porque con esto de la globalización nadie puede asegurar que “de este agua no beberé o este cura no es mi padre”—, pero realmente con esta segunda entrega del arácnido con gafas y pretensiones —enésima criaturita de la Marvel— lo han puesto muy, pero que muy, difícil.
El protagonista tiene —sin rodeos— cara de lerdo. Vulgo: gilipollas. Mas no nos engañemos: al caballerete que hace de torpe pizzero, universitario a ratos y “héroe” noctámbulo sólo le ha gastado una putada el fenotipo. Aunque en cuestiones de interpretación “Los Gabitos” le dan sopas con onda, el chico se embolsó —¡agárrense!— la friolera de 13 millones de dólares por la primera entrega y, según me he podido informar a través de la red, le han regalado 17 millones por la segunda. Sea como fuere, lo cierto es que hasta cuando trata de ponerse serio, parece que se nos va a arrancar con un chiste de leperos. Menos mal que, en determinadas fases de la película —o así—, cuando se viste con el esquijama rojiazul y entran en acción los informáticos, nos ahorramos unas buenas dosis de vergüenza ajena.
La novia de Peter Parker, la tal Mary Jane, a la que, para colmo, pretende colársenos como prototipo de la belleza del nuevo milenio, según se desprende de la lectura de determinados couchés de fin de semana, no le va a la zaga. Ya sé que es políticamente incorrecto decir que tiene —mal que les pese a sus fans— pinta de irlandesa cajera de hipermercado de carretera..., pero es así, aunque a renglón seguido pida mil perdones —¡faltaría más!— a todas las irlandesas cajeras de hipermercado de carretera.
Como quiera que los protagonistas a duras penas sobrepasan el encefalograma plano —el accidentadísimo, intermitente, confuso y presuntamente tierno amor que los dos tórtolos se profesan, convierten inevitablemente a Corín Tellado en una gigante de la literatura de todos los tiempos—, los secundarios hay momentos que hasta perecen actores profesionales.
Las historias —historietas— que se entrecruzan no hay por dónde asirlas. La principal, la del científico con nombre y apellido alemanes —sabido es que para Hollywood los científicos susceptibles de volverse majaras tienen un ramalazo germano, de la misma manera que todos los traficantes son colombianos y se apellidan Martínez— que se agencia cuatro brazos articulados no se sabe muy bien para qué, es de órdago a la grande. Aún así, el doctor Otto Octavius es el único personaje que dice una frase medianamente coherente en toda la película: “la inteligencia es un don, no un privilegio, y hay que utilizarla para hacer el bien”. Cuando la oí —se lo juro— no dejé de acordarme en “los tres de las Azores” y en tantos y tantos benefactores de la humanidad que, por razones que no alcanzo a comprender, todavía no comparten rancho con Slobo Milosevic.
El tal Otto pretende, en un primer momento, vendernos la moto de que, cual postmoderno alquimista, su aparatejo de fusión nuclear generará ingentes cantidades de energía superbarata y renovable en el espacio aproximado de nuestro salón-comedor para solaz de “ecolos” y “alternativos”. ¡La leche, oigan! Pero, ¡ay!, al poco, Otto muta a “malo” porque el experimento falla cual escopeta de feria y, de rebote, su señora esposa palma. Y adiós con las ilusiones de “ecolos” y “alternativos”. Ha sonado la hora de las barrabasadas de Otto. Felizmente, hacia el final del largometraje, gracias a una profunda plática con el propio Parker —cuando ya todo se ha ido al carajo—, Otto se nos humaniza y redime, no como el rapero Eminem fichando por Nike, sino suicidándose bajo las aguas con la bola incandescente, salvando así a los neoyorquinos de una catástrofe segurísima [1].
Los otros secundarios son el director del periódico —con una pizca de gracia—, la abuela —melancólica, generosa, embargada por su banco... prescindible— y el amigo de Parker, un niñato pijo con mucha pasta, mecenas de Otto, y al que el propio Otto acaba arruinando. Para los que no vieron la primera entrega, el amigo de Parker es el inexpresivo hijo de “El duende verde”, y al que el o los guionistas de esta segunda entrega han tenido a bien amasárnoslo como enemigo del hombre-araña para la “tres”.
Pero lo peor de todo, no es el bodrio en sí, sino que encima esta segunda entrega pretenda moralizar subliminalmente. Y ya se sabe que cuando los yanquis moralizan lo que en realidad hacen es vendernos su indigesto gazpacho americanocéntrico: neoliberalismo, capitalismo, bipartidismo, religión de los derechos humanos, utilitarismo, etc., etc. En esta ocasión, el o los guionistas nos sorprenden, además, con una teoría —melonada sería el término adecuado— del héroe para consumo, en un principio, de la sociedad multirracial neoyorquina, currante, que tiene que tomar el metro como medio de transporte cotidiano y tal y tal, pero que, como estamos como estamos, no deja de ser exportable al resto de la ciudad y al mundo.
La escenita en la que a Parker le zurra la badana el tal Otto en el metro desbocado, y los héroes anónimos a los que, de repente, les da el puntazo y se colocan delante de Spider-man-Peter-Parker-Tío-Sam para protegerlo —¡todos somos héroes!—, es tan alucinante como patética... Sobre todo cuando uno, en los telediarios, ve las caritas de acojono que ponen los marines —¡Señor, sí señor...!— cuando los trincan esos otros desarreglados mentales que, en nombre de Alá, tratan de rivalizar en carnicerías con los discípulos de John Smith.
Señoras y señores: ha vuelto el héroe como vuelve el hombre en los anuncios de colonia barata. Macarra, metrosexual, transgénico, o tontoelculo... eso poco importa. El Hollywood alineado y republicano, convertido en vocero oficioso del Pentágono, quiere que consumamos héroes. El mundo libre necesita, ¡qué puñetas!, rearmarse. Antesdeayer contra la bestia parda, ayer contra los soviets y hogaño contra lo que nos echen. Incluso pretende —nada más y nada menos— que, en este momento de gravísimas amenazas para Occidente, ejerzamos no tanto como desactivadores de bombas, carceleros de Camp Bucca o aviadores que se entregan a videojuegos con sangre de verdad, sino como potenciales chivatos y, si se presta, como carnaza para mayor gloria del cortijo de las barras y las estrellas.
Mas no todo fue digno de lamento:
Primero. No nos llovió y los mosquitos no se cebaron con nosotros —el cine era de verano—.
Segundo. Como quiera que se trataba de la sesión de las 22.30 horas, el niño acabó la última media hora en los brazos de Morfeo.
Tercero. Al día siguiente, sin perder más tiempo, me encaré con A paso de cangrejo, de Günther Grass, lectura que tenía pendiente desde Navidades... Fue el primer antídoto que encontré a mano.
Nota
[1] El o los guionistas literalmente la cagan cuando hunden la bola de energía generada por Otto en “el fondo del río” (sic.). De hecho, no sé por qué, me recordó a lo del “Prestige”.
Juan C. García
19.VIII.2004
