Capítulo 8: 3º parte: La perra del Ace
El Ace tenía una perra. No recuerdo la raza, era una perra pequeña, del tamaño de un gato y de unos 5kg de peso, era muy pequeña.
En realidad no era suya, si no de su madre, pero era él quien más tiempo pasaba con ella y sobre todo, el que a más perversiones la sometía.
El Ace como dije, era zoofílico, aunque nunca lo llego a admitir, el hecho de que te atraiga sexualmente un animal significa que eres zoofílico y punto.
El me confesó que mantenía relaciones con su pequeña perra, cosa que yo por supuesto no me creí, ya que la polla del Ace tenía dimensiones considerables y no veía forma de que pudiera penetrar ese pequeño e inocente ser. No lo penetraba, pero si mantenía las relaciones aunque no me lo creí hasta verlo en persona…. Fue algo… digamos… no podría describir mi reacción, simplemente os puedo contar lo que vi., os ponéis en situación e intentáis poneros en mi lugar… es algo difícil e increíble.
Un día me invitó a participar en un trío con su perra, a lo que por supuesto me negué, ya que no sólo no me atraen sexualmente los perros, si no que además los odio a muerte desde que me atacaron a los 6 años… Más adelante contaré mis asesinatos más notables de esos infames animales llamados perros, los cuales aniquilé, destripé y a uno casi llegué a cortarle la cabeza. No nos desviemos del tema, el caso es que me quedé como espectador.
Contemplé algo espeluznante, bizarro y por supuesto Freak… Soy muy dado al fantástico dicho de “He visto cosas que vosotros no creeríais” y ésta es una de ellas…
El Ace cogió a su perra y empezó a lamer su coño, la perra no se resistía, al contrario, parecía gustarle, yo entre aguantando los retortijones estomacales y dudando entre reírme o llorar, contemple el bizarro cunnilingus del que la perra era objeto de placer.
Posteriormente el Ace se untó sirope de chocolate en el miembro viril, el cual la perra comenzó a lamer como si en ello le fuera la vida hasta que el Ace descargó toda su lefa sobre la perra, la cual degustó la asquerosa mezcla de semen y sirope hasta la última gota. Ese día volví a casa, trastornado y no volví a hablar de ello con nadie, ni siquiera con el Ace.