En Orio, no así en Irun, la gente aún es vasca y se comporta como tal. Y digo vasca no como fumantxusko o morcillas, que son castelluzos cerraos hijos de colono Y NO SON REPRESENTATIVOS NI CONOCEN EL PERCAL IDENTITARIO DEL PAÍS POR MUCHO QUE CACAREEN, esos no han visto ikastola, ni pentrita, ni granada JOTAKE, ni saniñazios en Azpetti, ni bucos de caballo rulando celebrandolo tras el último madero/miliko/pikolo camino del camposanto de Extremadura o Gandalucía ni lo que se viene de siglos y siglos.
El vasco de Orio desconfía al natural, sin esfuerzo, tanto como te corta la cabeza de un manotazo como si hiciera una cortada ajustada encima de la chapa del frontón del atrio de la iglesia, demasiada ola de siete metros yendo hasta Terranova y vuelta a salar bacalao y traerlo, demasiado jauntxo pegando latigazos a los ferrones por más y mejor hierro, demasiado puerro, acelga y otra vez puerro (tierra húmeda y pesada como el calendario en este norte del sur entre escorrentías de barro y caliza rota) y en día de fiesta plato de babarrunas y robar un pollo de trece y contar catorce, mojar un talo gordo de maíz más basto que cantar ópera en quechua, demasiado salitre en el gepeto para poder empapuzarse de sardina, anchoa, y no me jodas atalayero al grito de BALEA!! que saca la trainera venga a cagarse en Dios, y más mekaguendiozzz por cada lavandera que le ves el refajo cuando se agacha en el aska y le metías el rabo a mala baba por detrás de un golpe, y cuando te estás corriendo pegas un irrintzi que lo oyen en estéreo lo mismo en Getaria que en Igeldo.
Mucha mala hostia de siglos, demasiada quizás, como para abrir la puerta de primeras al primer hijo de sarraceno que toca ka puerta.