Frente Negro
Asiduo
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- 16 Mar 2004
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Algunos peloteros —¡talentosos donde los haya, vive Dios!— de color como Thierry Henry, Adriano, Ronaldinho, Rio Ferdinand, Roberto Carlos y Makelele se han prestado una minicruzada contra el racismo en el mundo del fútbol. Pretenden, incluso, que nos pongamos una pulserita blanca y negra para mostrar al resto de bípedos de qué pie no cojeamos. Muy bien.
«No haremos nada sin vosotros, los aficionados. El racismo es el problema más grave del fútbol de hoy. ¡Una cuestión de dignidad humana! Hay que implicarse», ha llegado a declarar Thierry Henry a la prensa francesa. El señor Blatter, presidente de la FIFA, ha decidido incluso nombrar al delantero del club británico Arsenal «embajador» de dicho organismo deportivo internacional «contra el racismo». Perfecto.
Jamás dejará de sorprenderme la capacidad que tienen nuestras sociedades de crear los problemas y, casi a renglón seguido, segregar los correspondientes anticuerpos. Probablemente ninguno de los peloteros antes mencionados sepa que el «racismo» no nos ha caído del cielo y que la paternidad del invento no hay que atribuírsela a Adolf Hitler, ni a Sabino Arana, ni al bueno de Luis Aragonés... ni siquiera a los supporters británicos, y eso que éstos han hecho ímprobos esfuerzos. El racismo no ha nacido de los circuitos integrados de ningún terminator: es una ideología segregada por la modernidad, como pedagógica y oportunamente nos ha enseñado en su libro Tres ensayos contra la Modernidad [Eds. Nueva República, Barcelona, 1999], el profesor Caballero Jurado.
El «problema» del fútbol no es el racismo y, si lo es, es bastante fácil combatirlo. Un ejemplo expeditivo lo tenemos en un árbitro holandés —creo recordar— que, simple y llanamente, se limitó suspender un partido cuando unos energúmenos, desde la grada, demostraron su pésima educación. Podría, sin duda, ser un método bastante eficaz contra la estulticia.
El meollo de la cuestión no reside, pues, en los decibelos de quienes se dedican a imitar patéticamente a la mona Chita, sino en el grado de hipocresía reinante. Dicho de otro modo: el problema no son los energúmenos —fácilmente controlables si hay voluntad política, claro está— sino el umbral de encantamiento del propio fútbol, que no esconde sino una demoledora carga de hipnosis colectiva. El fútbol o, para ser exactos, el «fútbol-espectáculo» es la gran droga. El «cáncer del racismo» en el fútbol viene a ser algo así como el reproche a un cocainómano de abusiva ingesta de... café.
El problema de fondo —del que el fútbol o el «fútbol-espectáculo» es tan sólo un escenario entre otros muchos, migajas al fin y al cabo— es el triunfo aplastante de la ideología del burgués, los mensajes embrutecedores del neocapitalismo rampante y, por supuesto, las ansias de victimación del homo consumans, dispuesto a no mover un dedo ante las flagrantes injusticias que hay a su alrededor —e incluso en su propia vida—, pero, eso sí, siempre presto a entregarse sin medida a esas religiones de saldo representadas simbólicamente por los «colores» de la camiseta.
¿Quién no recuerda algunas manifestaciones de aficionados clamando ante la pérdida de categoría del equipo local mientras en su propia ciudad son incapaces de mover un solo dedo ante las carencias existentes: precariedad laboral, desempleo, desestructuración social, delincuencia, carencia de infraestructuras, etc., etc.? ¿A cuántos aficionados les cuesta llegar a final de mes, pero eso sí, el dinero del «pase» adquiere el tinte de sacrosanto?
Esta campaña antirracista está muy, pero muy bien, repito. No me cuesta nada sumarme al consenso presunto o real. Pero, como sucede en este tipo de volutas mediáticas, todo acabará —ya lo verán— sin ni siquiera arrancar el celofán. A mí me gustaría, por contra, que, entre tanta pose seria, ceños fruncidos por la inquietud y estimuladores cartelitos, Thierry Henry —o cualquiera de los ilustres peloteros antes citados— me respondiera sólo a dos preguntas de nada: ¿Es moralmente tolerable y socialmente justo que cobren auténticas fortunas —¡más de un millón de pesetas diario, en no pocos casos!— mientras cientos de miles de seres humanos pasan privaciones de todo tipo e incluso son devorados por las enfermedades y el hambre? ¿Por qué y para qué la multinacional Nike, que acumula sobre sus amplísimas espaldas montañas de denuncias sobre explotación infantil en países del tercer mundo —basta con entrar a Google y darle al «enter» con el dedito—, está detrás de la cosa?
Juan C. García
7.II.2005
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https://es.geocities.com/miamigopic/
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«No haremos nada sin vosotros, los aficionados. El racismo es el problema más grave del fútbol de hoy. ¡Una cuestión de dignidad humana! Hay que implicarse», ha llegado a declarar Thierry Henry a la prensa francesa. El señor Blatter, presidente de la FIFA, ha decidido incluso nombrar al delantero del club británico Arsenal «embajador» de dicho organismo deportivo internacional «contra el racismo». Perfecto.
Jamás dejará de sorprenderme la capacidad que tienen nuestras sociedades de crear los problemas y, casi a renglón seguido, segregar los correspondientes anticuerpos. Probablemente ninguno de los peloteros antes mencionados sepa que el «racismo» no nos ha caído del cielo y que la paternidad del invento no hay que atribuírsela a Adolf Hitler, ni a Sabino Arana, ni al bueno de Luis Aragonés... ni siquiera a los supporters británicos, y eso que éstos han hecho ímprobos esfuerzos. El racismo no ha nacido de los circuitos integrados de ningún terminator: es una ideología segregada por la modernidad, como pedagógica y oportunamente nos ha enseñado en su libro Tres ensayos contra la Modernidad [Eds. Nueva República, Barcelona, 1999], el profesor Caballero Jurado.
El «problema» del fútbol no es el racismo y, si lo es, es bastante fácil combatirlo. Un ejemplo expeditivo lo tenemos en un árbitro holandés —creo recordar— que, simple y llanamente, se limitó suspender un partido cuando unos energúmenos, desde la grada, demostraron su pésima educación. Podría, sin duda, ser un método bastante eficaz contra la estulticia.
El meollo de la cuestión no reside, pues, en los decibelos de quienes se dedican a imitar patéticamente a la mona Chita, sino en el grado de hipocresía reinante. Dicho de otro modo: el problema no son los energúmenos —fácilmente controlables si hay voluntad política, claro está— sino el umbral de encantamiento del propio fútbol, que no esconde sino una demoledora carga de hipnosis colectiva. El fútbol o, para ser exactos, el «fútbol-espectáculo» es la gran droga. El «cáncer del racismo» en el fútbol viene a ser algo así como el reproche a un cocainómano de abusiva ingesta de... café.
El problema de fondo —del que el fútbol o el «fútbol-espectáculo» es tan sólo un escenario entre otros muchos, migajas al fin y al cabo— es el triunfo aplastante de la ideología del burgués, los mensajes embrutecedores del neocapitalismo rampante y, por supuesto, las ansias de victimación del homo consumans, dispuesto a no mover un dedo ante las flagrantes injusticias que hay a su alrededor —e incluso en su propia vida—, pero, eso sí, siempre presto a entregarse sin medida a esas religiones de saldo representadas simbólicamente por los «colores» de la camiseta.
¿Quién no recuerda algunas manifestaciones de aficionados clamando ante la pérdida de categoría del equipo local mientras en su propia ciudad son incapaces de mover un solo dedo ante las carencias existentes: precariedad laboral, desempleo, desestructuración social, delincuencia, carencia de infraestructuras, etc., etc.? ¿A cuántos aficionados les cuesta llegar a final de mes, pero eso sí, el dinero del «pase» adquiere el tinte de sacrosanto?
Esta campaña antirracista está muy, pero muy bien, repito. No me cuesta nada sumarme al consenso presunto o real. Pero, como sucede en este tipo de volutas mediáticas, todo acabará —ya lo verán— sin ni siquiera arrancar el celofán. A mí me gustaría, por contra, que, entre tanta pose seria, ceños fruncidos por la inquietud y estimuladores cartelitos, Thierry Henry —o cualquiera de los ilustres peloteros antes citados— me respondiera sólo a dos preguntas de nada: ¿Es moralmente tolerable y socialmente justo que cobren auténticas fortunas —¡más de un millón de pesetas diario, en no pocos casos!— mientras cientos de miles de seres humanos pasan privaciones de todo tipo e incluso son devorados por las enfermedades y el hambre? ¿Por qué y para qué la multinacional Nike, que acumula sobre sus amplísimas espaldas montañas de denuncias sobre explotación infantil en países del tercer mundo —basta con entrar a Google y darle al «enter» con el dedito—, está detrás de la cosa?
Juan C. García
7.II.2005
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https://es.geocities.com/miamigopic/
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