Siempre intentaron inculcarme el amor al fútbol.
Yo prefería las hormigas o las gomas, prefiero la compañía de los animales y las mujeres.
Mi padre me llevaba a los campos de los Salesianos, los que sean de Horta/El Carmelo sabrán de que hablo. Empezaban los partidos entre chavales y los padres hacían batallas de sable "laser"
para ver quien era el más machito de sus hijos.
Empezaba el partido y a los 2 minutos ya había pillado un palo y reventado algún hormiguero, me encantaban las hormigas negras pequeñas, les metía la cabeza entre los colmillos izquierdos (ya era un rojazo de cojones de pequeño) y me deleitaba chafándoles la cabeza y sorbiendo sus dulces, dulces fluidos.
Cabreo al canto.
Entonces me regalaba un traje del Madrid para comprarme y mi primo uno del Barça.
Seguía con mi chandal.
Cabreo.
En el colegio me iba a jugar con las gomas a la hora del patio, unos saltitos y luego al lavabo con ellas a verlas mear y tocarles el parrús.
Es por ello que la culpa de ser un adicto a la lluvia dorada y a disfrutar con el sufrimiento ajeno es del fútbol y no mía.
Tened cuidado con el fútbol y vuestros hijos, si juegan se volverán maricones y si no les gusta jugar serán fetichistas y sádicos.