Me ha salido un atrevimiento entre hitleriano e infantil. Tenía que tocar esa sandía expuesta por si acaso era buena, que sabía yo que no. Se ha enfadado mucho pero sólo me ha mirado muy mal, sin aspavientos evidentes, pero malamentísimamente y ha venido a recolocarla con cierta rudeza, porque está en Madrid, en España.
Le he provocado un poco, la verdad.
Y me ha dado pena al irme. Me he sentido un poco culpable.