Diana entró sigilosamente cuando el reloj marcaba las dos y cincuenta y cuatro. Se lavó en el bidet, frotando vigorosamente entre los pliegues, se cambió las bragas (que ya emanaban desde hacía horas un sutil aroma a boquerones revenidos de tapa granadina) y dejó los pantalones rosas de la suerte sobre la cama. El mono negro realzaba igualmente sus bronceadas curvas y la abrigaba del frío soplo del mar, que esa noche rugía especialmente embravecido.
Sólo cogió el móvil y las llaves, ya que, para lo que pensaba hacer -comentar textos de Plauto y Terencio bajo las estrellas- no necesitaba más. Aquel chico de Santiago que había conocido en las redes, tan tímido y educado, no podía mentir cuando le había prometido una nueva vida...
https://www.ideal.es/nacional/201609/09/diana-quer-llevo-llaves-20160909112608.html