A propósito del metro, anoche viví una experiencia que pudiera ser traumática, pero cuyo final fue edificante.
Decidí no coger el coche por el tema del aparcamiento, y con mi amiga, nos metimos en el metro. Al doblar una esquina vi espeluznado un repugnante espectáculo: cuatro jennys o juanis del extrarradio zampaban como tragabolas flamencos el delicioso menú oferta del Mc Donald's.
Las muy perras hablaban farfullando a voz en grito para que todo el andén se enterase de que el orgullo jenny estaba allí. La pinta no podía ser más desasosegante: una, que parecía ser a veces la jefa, llevaba el pelo teñido con spray de pintar cierres metálicos; otra, con una pinta de gitana-prima-del-jonathan que mejor no hacerle bromas, tenía un puto móvil musical en el que iba alternando a DJ Pastis y Buenri con choleo infecto; la tercera, la muy puta, llevaba unas botas rojas y una minifalda de gasa, que si soy su padre, la muelo a hostias. Cantaban (!), gritaban, dejaban bien claro fuera cierto o no que echan polvos, estaban orgullosas de ser jodida escoria.
Pero el balance fue positivo. Constataba, paladeando cada segundo, que no era de su raza y eso me hacía sentir mejor. Las hubiera puesto a veinte uñas, enculado a cada una de ellas y luego, tras una buena manta de hostias, dejadas en pelotas y mancilladas en mitad de la Gran Vía.