Esta puta mierda me ha recordado algo hace años olvidado. Y no me gusta, por cierto, que haya vuelto a mi memoria.
Durante un par de años, cuando todavía conservaba mi vida social nocturna y salía con diferentes amigos por ahí, resulta que había en mi grupillo habitual un par de tolais. Eran amigos, pero durante el día, cuando realizábamos actividades mas apropiadas para ellos. Eran dos tíos sin sangre, ceros a la izquierda, invisibles, desaboridos, insulsos, incapaces de hablar a una mujer mas que para darle la hora, incapaces de hacer una broma, no eran divertidos, no tenían opinión sobre nada. Eran, en resumen, ovejas humanas. Que digo ovejas. Eran como el Roomba ese. Solo valían para desplazarse. Saliendo de esa zona de comfort de su grupo, en el que tampoco pintaban nada, se volvían rarísimos, hasta para pedir una cerveza a un camarero o interaccionar con una tercera persona de fuera del circulo pero de total confianza para nosotros. Y feos, eran feos. Unas joyitas.
[Aquí iba a poner una foto de los nerds de los Simpsons. Pero no encajan en el perfil. Demasiado sociables. Tal vez el Frankenstein de Boris Karloff]
Total que cuando salíamos raro era que no llevase a uno al menos acoplado a mí. Porque era el que los trataba con mas humanidad.
Hablo de llevar a un zombi toda la noche a mi lado como si de mi sombra se tratara, sin hablar apenas, sin sugerir este sitio o el otro, pegado a mi sin interaccionar con la gente con la que yo hablaba. Me desplazaba 5 metros en un garito para hablar con algún conocido y me seguía, porque no sabían arreglárselas sin mi. No se movían, no gesticulaban. Se quedaban estáticos a mi lado y miraban el entorno, o al suelo. Aunque no les hiciese caso en toda la noche. Hiciese lo que hiciese ahí tenia a una de las lapas, o las dos, que ni siquiera hablaban apenas entre ellos. Uno en cada ala. Siempre a un metro de mi, si no menos. Si iba al baño seguro que les ardían las entrañas de pura incomodidad hasta que volvía. Una cosa irreal.
Y claro, para mi era una losa. Sentía que cargaba una pesada mochila llena de piedras y mierda de perro, porque cada hora tenía menos ganas de quedarme a divertirme, de socializar. El resto del grupo me miraban con pena, pero ninguno nos atrevíamos a exponerles la ridícula situacion. Y luego mucha gente huía de mi, de nosotros, porque todo el mundo identificaba a estos dos como un veneno contra la diversión y el buen ambiente. Eran un repelente contra cualquier posibilidad de interacción con amigos o mujeres. No para ellos mismos, que lo llevaban en la sangre, sino para mi. Cuantas veces al comienzo de la noche hubo colegas y conocidos que me apartaban a un lado y me decían "tío líbrate de estos dos que son la mierda".
Era como llevar a Frankenstein a la derecha y a la momia a la izquierda. Y si se separaban mas de cuatro metros de mí morían. Al hacer esto me convertían en uno de ellos. Yo sería la criatura del pantano.