Argail rebuznó:
... i see) Hablé de ella en el hilo de las locas en el ligue, estaba mu wena pero hablaba con su abuelo en su habitación conmigo delante, el abuelo llevaba muerto 10 años y claro. Veía el aura de la gente. Y follaba como una loca, osea muy bien. Muy majilla en el fondo.
No cruzaron sus miradas ni por un instante. Él se limitó a contemplarla como quien se para frente a un cuadro sin interés una tarde aburrida en un museo. La comparó con un desnudo cubista, más bien de la época azul, pensó en coña, cuando se percató de las marcadas líneas azules de sus muslos. Unas horas antes no pensaba lo mismo, la encontró atractiva a pesar de que ya estaba entrada en años, y desde el primer momento supo que de una manera u otra iban a terminar acostándose.
Necesito de tu amor, le dijo casi en silencio cuando lo tenía suficientemente cerca, y a él aquellas palabras le parecieron deliciosas, y lo enredaron. Por eso se dejó llevar cuando ella tiró de él, cuando lo desnudó impaciente y, sin tiempo a ningún preliminar, ya la tenía encima gritando, blasfemando, suspirando largamente.
Lo cogió tan frío que se limitó a mirarla, a dejarla hacer.
A pesar de la poca luz que entraba a través de la cortina de encaje pudo distinguir un pequeño cuadro donde pudo leer en letras doradas "este es un hogar cristiano", al lado de una foto de boda en blanco y negro. En el otro lado de la habitación, entre el armario y la pared, un inmenso crucifijo se confundía ya con la casi total oscuridad. Fue entonces cuando descubrió que no estaban solos; alguien los observaba desde el rincón más oscuro de la habitación. Con un gesto de sorpresa intentó zafarse; ella comprendió mirando hacia atrás, lo detuvo con una mano en su pecho y haciendo con la otra un gesto de silencio, le dijo, - tranquilo, es mi marido -.
En aquel rincón oscuro, sentado en una silla destinada a la ropa, contemplaba sin ver como su mujer gozaba con el último de sus amantes. A través de sus ojos las imágenes traspasaban la retina sin ningún significado, para juntarse, en el fondo de su mente dañada, en un mar de recuerdos, situaciones, y experiencias que de vez en cuando encontraban un sentido; esta vez produjeron una lágrima, que dudando cayó lentamente hasta encontrar una pequeña ranura en sus labios.
- No seas tonto, no ves que ni se entera de lo que está mirando; y cogiendo una prenda de ropa la lanzo hacia él con tan buena puntería que quedó colgada de una de las patillas de las gafas de aquel hombre.
Eso le pareció de lo más cruel, y cuando iba a pedirle que por favor lo dejase; el viejo se levantó de repente, y empezó a gritar señalando algún punto perdido en el blanco de la pared. -
Ya te lo dije...
Desgraciado... Corriendo en pelotas... Desgraciado... Sólo te pasa a ti…
Sentía su corazón saltándole encima del pecho, curiosamente acompañando el frenético ritmo de las embestidas de aquella mujer que gritando le pedía por dios que no parara... El viejo también gritaba y sus babas le salpicaban en la cara y en el pecho. Ya no sabia que hacer, y permaneció en silencio, ocultándose, pasando desapercibido en ese contexto tan grotesco, y pensó en correrse, acabar con aquella situación de una vez, y se concentró en eso mientras miraba la foto de comunión de un chaval sonriente y cabezón encima de la mesilla.
Cuando llegó el momento se levantó sin hablar y recogió presuroso la ropa en su camino al baño. No se atrevió ni a encender la luz, se vistió y, sin despedirse, salió a la calle donde sintió el frío ya de la tarde noche. Entonces se dio cuenta que aquella no era la camiseta que él llevaba. Pues ahora no vuelvo, pensó, y con paso acelerado buscó la estación de metro más cercana. Una vez allí abordó el primer tren. Ocupaba su mente arrepintiéndose como un domingo de mañana después de una larga borrachera, hasta que comenzó a sentir como alguna gente lo miraba tristemente y otra se apartaba al leer la inscripción de su camiseta. Miró hacia abajo y leyó como pudo: soy retard, si me encuentra sólo acuda al policía más cercano.
Por segunda vez en el día cubrió su rostro con las manos, pensando que en realidad merecía aquella camiseta; y para sí y por entre los dedos susurró:
desgraciado... corriendo en pelotas... solo te pasa a ti...