Yo era de los que hacían bullying o acoso escolar antes de que la prensa hablara de ello. Mis víctimas eran siempre los niños diferentes y por supuesto menores que yo o más débiles que yo. Gordos, mariquitas y raquíticos eran mis víctimas favoritas.
En algún momento llegó a mi colegio un niño canario y estuve haciéndole acoso escolar más de dos años. Tenía el pelito rubio y muy liso, con melenita, y eso hubiese sido ya motivo para pegarle y quitarle el bocadillo pero es que además era canario y cada vez que hablaba le pegaba una colleja o una patada en la espalda. Un día lo vi esperando el autobús y oí que le dijo a su hermanito “ahí viene la guagua”. No me pude contener y no medí mi fuerza o mejor dicho su debilidad porque yo siempre he sido un guiñapo y del empujón que le di casi lo mato, estuvo a milímetros de acabar debajo de la rueda y su hermanito allí llorando. Menos mal que salí corriendo y era viernes y el lunes ya se había olvidado la cosa pero me pude haber metido en un buen lío. O igual me hubiese venido bien acabar en un correccional y bueno, que habría un canario menos en el mundo y eso haría de este nuestro mundo un lugar un poquito mejor.